En el ciprés muere la tarde,
y, entre la sombra que desciende,
sólo de ti me acuerdo. Todo
parece conservar tu nombre
cuando la luz se va muriendo.
Hace diez años imaginaba
este momento, y este momento
en nada se parece al sueño
que entonces le pedí a los años.
No son pocas las cosas, sin embargo,
que siguen siendo como entonces;
y entre todas han hecho distinto
este instante a como yo pensaba.
Se hacen cortos los días.
Los días y los sueños.
Apenas nace la mañana
cuando ya envejece el cielo.
Y están también los prados
y las colinas por donde tú anduviste.
Están conmigo ahora, aquí,
como si el tiempo no pudiera
llevarse aquello que ha tocado
la sombra de tus pasos.
Nada reconoció de su ciudad,
y tuvo miedo. Acaso pensó
que él era el muerto
y que la vida continuaba
sin haber advertido su ausencia.
Entonces una angustia implacable
y terrible me rompe el corazón,
y se inquieta mi vida,
que descubro tan fácil,
tan frágil como un vaso
abandonado entre las piedras.
Debes volver para mirar conmigo
cómo ocurren las cosas silenciosas
que fueron, que serán,
que siempre han sido.
Porque así ocurre la vida:
huye la primavera,
quiero decir, la vida;
y uno contempla cómo mueren
las rosas sin saber
que uno también es su muerte.
Nada para soñar como las cuevas,
nada para morir como el destierro
de todas las pasiones,
donde habite el olvido,
donde nada se olvida.
Es más fácil probar que Dios existe
que acortar esta espera
melancólica y triste.
Y, sin embargo, aquel dichoso
que por las noches olvida que ha sufrido
y deja a un lado todo su corazón herido
para mirar la luna
y sus cepos de plata;
dichoso él, que llora
sin preguntar la fuente
de esas lágrimas puras;
que está solo y doliente
y, sin juzgarse, se entrega
a esa vida beata.
Pero yo no.
Yo cuento las ausencias,
yo pregunto a la noche
qué ha hecho con los nombres
que guardaba la tierra.
Y cuando al fin la noche se disuelve,
la cigarra vuelve a amenizar la jornada.
Ya ha amanecido del todo.
Estoy algo triste y cansado.
Debe ser mi carácter,
que lo pide.
Entonces miro el callejón.
La luna ya no está,
pero ha dejado en las paredes
una pobreza blanca,
un frío que parece
la memoria de alguien.
Y pienso que exponerse a morir
en soledades
haría de la muerte algo aún más triste.
Por eso espero.
Por eso vuelvo a ti
cuando en el ciprés muere la tarde.
Porque se hacen cortos los días,
los días y los sueños;
porque huyó la primavera,
quiero decir, la vida;
porque así ocurren las cosas,
y porque acaso vivir
no sea otra cosa
que descubrir demasiado tarde
que éramos nosotros
quienes caminábamos muertos
por un callejón de luna.
–Fragmentos de «La Fuente del Encanto» de Andrés Trapiella–
Neil Alonso Ejarque
1-9-26
