Sentí la necesidad de irme porque el peso que mis hombros soportaban se había vuelto inenarrable.
Lo preparé todo: ordené esa habitación que tantas veces mis padres me habían regañado al gobernar el caos; hice esa cama donde las pesadillas me atormentaban desde pequeño; coloqué quienes habían sido mis únicos amigos durante un largo tiempo, los muñecos. Lavé los platos cuando nunca lo hago. Me bañé, aunque últimamente me estaba costando. Curé cada herida nueva que había germinado en mi cuerpo recientemente y me puse mi ropa preferida. Di un beso de buenas noches a quienes me habían dado vida y dije que me iba a dormir, que estaba cansado. El cansancio no era una mentira, aunque tampoco una verdad sincera. Me senté mirando la ventana, esa que me había dado tanto miedo, pues un día en ella me senté con los pies colgando esperando un impacto que nunca quiso llegar. Observé las horas cambiar y la luz desvanecerse en mí pensar. Todo olía a calma y una paz que estaba por llegar. Poco a poco, abrí el bote donde las guardaba y me tomé una tras otra al ritmo del metrónomo. Las lágrimas, incontrolables, empezaron a brotar porque entendían lo que eso significaba; un adiós. Un adiós que nunca llegaría a pronunciar. Un adiós dulce, amargo y lleno de dolor, pero un adiós que debía presentarse. Tarde o temprano, yo era consciente que mi mente, rota, inestable, iba a quebrar. Que lo que una vez me hizo feliz, no sería suficiente para mantenerme aquí.
Cuando hube casi terminado con la indebida y avergonzada ingesta, saqué del cajón las cartas que había escrito el día anterior: una para cada ser querido, merecedor de una explicación. Y una última para ti: mi salvador. Que por ti me quedé más tiempo, porque, aunque por poco rato, me hiciste ver una luz, una esperanza, que no se me presentaba hacía ya edades. Quise quedarme para pasar los días contigo y recuperar la sensación de felicidad; porque contigo lo he sido y contigo lo soy. Eres irisación, ilusión y ánimo. Al contrario que yo, que soy niebla, desconsuelo y letargo. Pero las horas deben tocar y la mía ha llegado en punto. Vagaré por los confines del mundo esperándote para reencontrarnos —ojalá— algún día. Y ahora, con la última pastilla en mano y el último trago de agua, me despido, pues el dormir me clama y el anhelo de desaparecer me gana.
Neil Alonso Ejarque
24/11/2025
“No se puede encontrar la paz evitando la vida.”
VIRGINIA WOOLF, en The Waves
Escribí este texto en un momento dónde vi que la oscuridad era más bonita que la luz. Eso era porque aún no había conocido lo que era vivir con iluminación. A día de hoy, leo este texto y me remueve las entrañas, me quema en el pecho y me hace llorar.
Llegar al punto de no saberte sostener y querer dejarlo todo atrás es muy duro. Se necesitan manguitos y flotador para pasar la ola, que viene con furia, aunque no hacia ti, porque en realidad solo es una percepción, ella llega tranquila, como siempre.
La depresión te va quitando todo poco a poco, hasta que te quita la vida. Pero no tiene porque ser la tuya, tampoco la mía. Si algo he aprendido de mis experiencias, es que hay gente que ama con locura tu estancia en la tierra, tu manera de ser y tus inseguridades. Gente que te quiere sin nada a cambio.
Eso es amor. Y si no estuviera aquí ahora, no lo habría vivido; sentido.
Y el amor es precioso.
Amad todo lo que podáis, amaros y dejaros amar <3
